© Alfonso Ricaurte Miranda
«Y ahora te vas tu y seguro
que ya no te volveré a ver»
Esther Miranda de Ricaurte, mi madre
A ella y a todas en las que también
se ha cumplido la fatal premonición
«¿Cómo podré marcharme en paz y sin pena?
No, no será sin una herida en el alma
que dejaré esta ciudad.»
GIBRAN KHALIL GIBRAN
CAPITULO I
UN ESPESO Y NOSTÁLGICO MANTO GRIS CUBRÍA ESA TARDE madrileña de diciembre. Lloviznaba y hacía frío. Francisco se sorprendió con la oscuridad y quiso saber la hora. Desde la ventana del autobús escrutó el panorama que le ofrecía el imponente Paseo de la Castellana buscando un reloj, uno grande, de esos de propaganda que veía con frecuencia en el paisaje urbano de la ciudad. Después de varias miradas encontró uno redondo que coronaba una estructura de aluminio en cuyo interior la foto de una despampanante rubia en sujetador promocionaba una marca de vaqueros. Sin embargo, no pudo responder su interrogante: el reloj estaba detenido entre las once y doce de la mañana de quién sabe qué día. Cayó en la cuenta entonces de que muchos de los relojes que había visto en las calles de Madrid estaban detenidos en diferentes horas como si sus maquinarias se hubieran rebelado contra el paso inexorable del tiempo. «¿Y es que eso puede hacerse?», meditó. Giró la vista y un remolino de gente apresurada le dio la respuesta.
En Madrid las personas no necesitan consultar el reloj para saber la hora cuando desarrollan su rutina diaria. Se les ve sumidas en el más profundo sueño en los vagones del metro y los autobuses, pero tan pronto como llega la parada de su destino se despiertan sin sobresalto. Tienen el tiempo sincronizado con su ritmo de vida y esta no se detiene como las deterioradas maquinarias de los relojes públicos. Es más, Francisco estaba convencido de que el tiempo de Madrid transcurría más de prisa que el de Barranquilla, su ciudad natal. Tenía que ser así, no encontraba otra justificación al hecho de haber llegado hacía más de tres años y sentir como si hubiera sido hacía solo pocos meses. «¿Será que eso de países atrasados no solamente lo dicen por el poco desarrollo sino también por el transcurrir de las horas?», se preguntó y sonrió con la ocurrencia.
Empleado público desde que terminó su bachillerato comercial, Francisco de Jesús Pacheco, «Pachín», como le decían con cariño sus amigos más cercanos, estaba acostumbrado a vivir el paso de las horas con calma, sobre todo en su trabajo en las oficinas de la Alcaldía en Barranquilla donde, como buenos caribes, se daban de baja por cualquier enfermedad, menos por estrés ocasionado por presiones del tiempo.
Tenía 40 años de edad, todos vividos en Barranquilla, y nunca la hubiera abandonado, si su salario como empleado público no hubiera quedado tan rezagado de sus deudas, hasta el punto de comprometer su subsistencia y la de su familia. Tomó la decisión de emigrar cansado de buscar un mejor empleo y del acoso de los acreedores. Escogió España por la afinidad con el idioma y porque si a la larga tenía que llegar a un país, cuál mejor que aquel que se hace llamar madre patria. No le fue fácil, por lo apegado que estaba a su tierra y a su familia. Lo más lejos que hasta entonces había estado de su casa, fue la vez que viajó a Bogotá, la capital del país, a posesionarse de uno de los cargos oficiales que había ocupado, pero ahora el viaje era muy distinto, otro continente a doce mil kilómetros de distancia. El día que salió de Barranquilla hacía un sol espectacular, pero estaba fresco, bastante fresco. Era una mañana típica de finales de noviembre; la brisa levantaba pequeñas nubes de polvo y coqueteaba con las faldas de las mujeres que sonreían avergonzadas cuando una imprevista ráfaga de viento las dejaba literalmente con el culo al aire y los transeúntes elogiaban sus cuerpos con aduladores silbidos.
Ese día, el de su partida, era viernes, viernes 29 de noviembre de 2001 y camino al aeropuerto la ciudad se le presentaba con la alegría característica del viernes. En los barrios del sur, hacia donde quedaba el terminal aéreo, a las 11:30 de la mañana, los empleados de los estaderos vestían las mesas y ultimaban detalles para el trajín del inicio del fin de semana.
Si hay un día que veneren fervientemente los barranquilleros, es el viernes, día en que no hay cabida para las preocupaciones, el día en que con una cerveza en la mano se sobrellevan todas las adversidades de la semana. En Barranquilla los viernes no se llaman simplemente por su nombre como los demás días de la semana, no, se les apellida de acuerdo con la actividad que cada quien realizara ese día, de tal forma que nunca será un viernes cualquiera, sino un viernes de rumba, viernes de esquina, viernes de dominó, viernes de ron, viernes de cañitas o viernes de despeluque para aquellos afortunados que coronan compañía del sexo opuesto o del mismo.
Francisco lo escogió de propósito para su partida, creyendo que la variedad de posibilidades que brindaba el día serviría para despejar la nostalgia que causara la partida entre sus amigos. Así se los explicó el jueves 28 durante la reunión de despedida que le habían organizado.
Se equivocó, porque aunque sus amigos le agradecieron el gesto, le reprocharon que escogiera un viernes para viajar: «Mandas huevos», coincidieron en gritarle todos.
¡Qué pesado había sido el viaje! No sólo por la profunda tristeza de la despedida, sino también por las horas del trayecto, la tensión en inmigración y la incertidumbre de su futuro en un país desconocido.
Ese día gris de diciembre, que en nada se parecía al de su partida hacía ya más de tres años, recordaba, sin proponérselo, detalles del viaje y las imágenes le llegaban como escenas cinematográficas, mientras que el autobús que había abordado para su habitual paseo por la ciudad, transitaba con lentitud por el intenso tráfico.
Lo hacía todos los viernes desde cuando descubrió que esos paseos sin destino, eran una excelente terapia para aliviar su nostalgia. Un hábito semanal en el que además repasaba pasajes de su aventura migratoria, como aquel de su llegada, en el que los inquisidores funcionarios de migración, interrogaban por los motivos del viaje a cada uno de los pasajeros, y todos coincidían en responder que era por paseo.
Sin embargo, Francisco recordaba que el ánimo en algunos de los viajeros y de las personas que los despedían en el aeropuerto, así como el ambiente en el avión ya en vuelo, no era precisamente de alegría por un paseo.
Es más, algunos reflejaban preocupación e incluso temor en sus miradas. Igual sensación percibió en ellos cuando llegaron al Aeropuerto Internacional de Miami y fueron traslados a la Sala de Pasajeros en Tránsito, donde debían esperar el vuelo de conexión a Madrid. Eran ocho, incluido él y todos escogieron distintos lugares en el salón.
La sala de Pasajeros en Tránsito del Aeropuerto Internacional de Miami es una inmensa estancia con sillas sembradas al piso y paredes con enormes ventanales de cristales ciegos, vidrios esmerilados que impiden la visión hacia el exterior y llenan de rigidez el interior.
Ese día, ellos eran los únicos presentes. Eso magnificaba las dimensiones de la sala, y se acentuaba aún más por la forma en que los ocho se excluyeron, sentándose muy separados los unos de los otros, sin siquiera mirarse ni dirigirse la palabra. Era como si les hubieran dado a todos la misma recomendación: «En los aeropuertos no entables conversación con nadie ni aceptes nada de alguien».
Francisco, quien sin duda sí recibió esa recomendación, escogió una de las filas cercana a las ventanas. Antes de sentarse comprobó, pegando la cara al vidrio, que no se veía nada hacía el exterior. Sin embargo, se quedó allí, porque así tenía dominio visual de toda la sala.
Se sentó y comenzó a escudriñar con la mirada el lugar y a cada uno de los presentes. Era un observador acucioso, una cualidad que complementaba con una extraordinaria capacidad de análisis, que en muchas ocasiones le sirvieron para sacar acertadas conclusiones sobre determinada situación de su vida laboral y social, e incluso para anticiparse con respecto a algunas actitudes de las personas con las que frecuentemente trataba.
La primera conclusión que sacó de su análisis fue que de los ocho pasajeros, sólo dos se conocían entre sí mucho antes del viaje. Se trataba de un hombre y una mujer, él de unos 45 años de edad y ella de unos 35 a 38. Su conclusión la basó en el hecho de que se sentaron juntos, uno al lado del otro, hablaban susurrando entre ellos y parecían del interior del país, de Bogotá más exactamente. Se dijo, además, que por su vestimenta, no iban de turismo a España.
Los otros cinco ocupantes de la sala, todos hombres, que no llegaban a los 25 años de edad, ocuparon puestos en distintos sitios de la sala. Todos estaban callados y ensimismados en sus pensamientos, menos uno, un joven de unos 19 años de edad, de pelo rizado, nariz chata y tez negra, que constantemente se levantaba de la silla, hacía ejercicios de cintura, estiraba hacia arriba el brazo derecho y luego lo bajaba tocándose el tobillo interno del pie izquierdo dos y tres veces sin doblar las rodillas, repetía la misma rutina con el brazo izquierdo pero tocándose el tobillo interno derecho y luego cruzaba el aire con dos golpes muy rápidos. No se necesitaba ser un gran observador para suponer que se trataba de un boxeador.
En efecto, era boxeador profesional, de Cartagena, y se dirigía a España a un combate de boxeo. Se lo contó él mismo a Francisco en la única conversación que tuvieron antes de perderse de vista en los trámites de la migración gringa.
La inició él, que se acercó con el característico trote de calentamiento de los boxeadores hasta donde se encontraba Francisco y una vez al frente de él, sin dejar de trotar le preguntó con confianza.
—Primo, ¿usted sabe en cuántas horas llegamos a España?
Francisco lo analizaba desde que lo vio acercarse. Se sorprendió con su tamaño cuando lo tuvo enfrente. Era aún más pequeño de lo que parecía. No alzaba más de un metro con 55 centímetros del suelo y era muy delgado.
—Me dijeron que entre 9 y 10 horas— respondió con amabilidad Francisco.
—¡No joda, tanto!, dijo verdaderamente sorprendido
—y con esta hambre que tengo—, dijo sentándose al lado de Francisco, pero dejando una silla libre entre ambos.
—Hambre, pero si acabamos de comer en el avión.
—Yo no. No puedo comer ese tipo de comidas, tengo una pelea mañana en Madrid y si como esa comida de avión pierdo el peso y se me daña el combate— explicó.
—¿Como te llamas?
—Blanco Estupiñán.
—Blanco—, repitió Francisco sin ninguna malicia.
—Sí, Blanco. Puede reírse si quiere, pero el nombre me lo puso mi mamá, porque aunque usted no lo crea, cuando nací era blanco y con el tiempo me oscurecí.
Mis familiares le maman gallo a mi mamá y cuando preguntan por mí, me dicen el gallinazo, porque los críos del gallinazo nacen blancos y después se vuelven negros.
Ambos rieron y la conversación se hizo más amena e incluso familiar. A la larga, ambos eran de la Costa Atlántica Colombiana, donde sólo se necesita un saludo y unos minutos de conversación, para considerarse
«amigos de toda la vida».
Blanco le contó que su promotor le había conseguido la pelea en España, pero que los empresarios españoles sólo habían pagado un tiquete aéreo y dos días de hotel para una persona, pero que a él no le importaba, porque de ganar la pelea, le saldrían muchos contratos en otras ciudades de Europa. Le contó, además, que estuvo a punto de perder el vuelo, porque la noche anterior a la partida, lo atracaron y lo despojaron de la cartera con el dinero y el equipaje con el que iba a viajar y que de no ser por un amigo del promotor, que lo fue a buscar a la residencia donde se encontraba hospedado para llevarlo al aeropuerto, no le estuviera contando el cuento.
A cuento les debió sonar aquella historia a los cinematográficos muchachos de la policía de inmigración gringa, porque hasta donde Francisco se dio cuenta, Blanco Estupiñán fue separado del grupo y no abordó el vuelo de conexión a Madrid.
Después de tres años de ese momento, Francisco se preguntaba, acomodándose en la dura silla del autobús, qué habría sido de aquel negrito, que en su afán de ganarle una pelea a la vida, había emprendido un transoceánico viaje tal y como emprendía el camino de regreso a su casa en Cartagena después de una jornada de entrenamiento: con su morral al hombro y unas cuantas monedas en el único bolsillo de su sudadera color azul eléctrico.
Francisco suspiró embargado de tristeza al suponer que Blanco Estupiñán había sido devuelto a Colombia, aunque se dijo que quizás para algunos emigrantes, lo mejor que les puede pasar es que la aventura de abandonar la tierra se les acabe en el mismo comienzo.
***
EL COMIENZO
…
Me encantò este inicio Alfonso. Que bueno que al fin encontré el sitio por donde lo podrè, creo yo, grtis, porque la situaciòn acà de nosotros los periodistas es critica, no podemos comprar libros porque nos descuadramos, como te parece?
Pero de entrda te digo que tiene un buen enganche, ahora queremos saber màs de Francisco. Felcitaciones negrito mio!!